Rodrigo Paz

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Project Description

 

Mi nombre es Rodrigo Ernesto Paz Jiménez: soy diseñador industrial de 30 años de edad, padre de una hermosa niña de 8 años, (quien por cierto se ha convertido en la mejor compañera para la trocha). Casado desde hace ya 9 años con una hermosa nariñense, quien también apoya mi pasión por los 4×4, en especial por los suzukis.

Durante toda mi vida fui un entusiasta de los camperos ya que mi padre tuvo varios de estos; y siempre desde chico adoraba la idea de poseer uno de cuenta propia. No obstante pese a mi trabajo como comerciante, siempre me fue esquivo el hecho de poder contar con un vehículo que me sacara del estrés semanal producto de mi trabajo. Afortunadamente una noche de juego de billar se convirtió para mí, en el día en que esta idea cambiaría.

Un paisano Santandereano organizaba una rifa de un “camperito” entre sus amigos y conocidos; y como era de esperarse nunca en mi vida me había ganado algo de tan grande importancia; por tal motivo fui esquivo e indiferente al momento de escoger una boleta para la compra. Le comente al paisano que no me gustaba invertir en este tipo de cosas, además de advertirle que no tenía como pagarle la rifa en ese momento.     Afortunadamente él me dio un plazo corto para pagar el boleto y me permitió escoger un número entre las primeras personas que conocían de esta rifa.   Sin dudarlo busque el número 24, ya que ese número hace referencia al día que mi padre fallecía en el año 2010, (el 24 de junio para ser más exacto).

Sin albergar la menor esperanza olvide este evento y me concentre en seguir trabajando en mi negocio, cuando de repente recibo la llamada del organizador un domingo 16 de septiembre del 2012 en horas de la madrugada, en una borrachera en la cual no le entendía ni lo que me decía.  Argumentaba según entendí que me había ganado el “carrito” que rifaba, y que me esperaba para celebrar y para que le gastara algo.      Como era de esperarse en ese momento, busque entre mis cosas la bendita boleta sin obtener éxito alguno.  Me fije en el resultado de la lotería con la que jugaba el carro y luego de constatar la información, rebusque por todo lado hasta el punto de no llegar a dormir esa noche.   La sola idea de haber botado la boleta me remordía por completo, el hecho de haber sido tan descuidado con eso fue más fuerte que  las ganas de dormir.

Gracias a mi esposa logre encontrar la boleta a la mañana siguiente y sin pensarlo me dirigí a la casa de quien organizo la rifa, con tan mala suerte que no lo encontré en su domicilio y tampoco halle rastros del carro que me había ganado.   Solo hasta el día siguiente encontré al bendito paisano enguayabado hasta el copete producto de 2 días de farra.  Le entregué el tiquete y le hice mención de una pequeña comisión por haberme colaborado por la rifa;  en ese momento la resaca se le olvido por completo y me llevo a conocer “mi nuevo fierro”.

El “carrito” era un Suzuki lj 80 de color amarillo, modelo 1.980 de motor y caja original. Contaba con: 2 carpas nuevas, rines de lujo, llantas a media vida de uso, estribos, radio usb, y demás cositas que le aportaban una estética única al vehículo.  Mi felicidad era comparable únicamente al momento cuando nació mi hija.   

Luego ya de tener el Suzuki en mi casa empecé  a rodar en él, y a ahorrar para poder cambiar muchas de las cosas que tenía, con el único fin de dejarlo como el carro de mis sueños.   Lo primero que busque fue cambiarle las llantas y los rines por unos que le dieran una apariencia más fornida e intimidante.  Le agregue mayor altura a la carrocería curvando las hojas de resorte y le conseguí el cardan de la doble para poder probarlo en el barro;  con tan mala suerte que luego de 15 días “el rubicon” como ahora lo llamaba mi hija, me dejo varado en plena ciudad porque sin saberlo, se trabo la caja de la doble.

Durante mucho tiempo pase por varios talleres, y luego de creer fracasar debido a la mala mano de obra y de otras inescrupulosas actitudes de los mecánicos que frecuentaba, logre dar con un mecánico quien por suerte conocía a la perfección estos carros. El señor Pascual se convirtió en mi mecánico de confianza, y poco a poco fuimos parando este fierro hasta convertirlo en el excelente campero que ya muchos de ustedes conocen.

Ya mejorada por completo la mecánica de mi carro, decido entonces probar su capacidad en un viaje de prueba hasta la ciudad de Pasto (capital de Nariño),  ciudad en la cual reside mi familia paterna, además de ser la tierra de mi esposa.    Decido viajar el 28 de diciembre de ese año con un amigo del colegio con el cual habíamos soñado en hacer una ruta de estas por toda Suramérica.    El viaje como era de esperarse se convirtió para nosotros en una experiencia única e inolvidable, dejando como resultado una alegría enorme por cumplir parte de esos sueños de infancia, y una satisfacción inmensa por poder completar los 1.000 kilómetros de ruta en dos días, luego de conocer a inigualables personas y hermosos paisajes jamás antes vistos, ni  vividos desde el asiento de cualquier otro vehículo.

Estando allí en la ciudad de Pasto, me relaciono con  un grupo de “suzukeros” quienes buscaban probar sus máquinas en trochas de difícil acceso incluso para los llamados  “camperos de verdad” (camperos de alto cilindraje y llenos de parafernalias); y es ahí donde conozco los verdaderos alcances de estas esplendidas máquinas,  lo grande y aguerrido de su reputación.   El famoso título de cinturón negro y la épica hazaña de haber subido a Monserrate ya no era para mí producto de la publicidad y la imaginación de un niño, sino que desde ya se hacía palpable  en cada una de los testimonios de personas quien durante mi viaje se hallaban sorprendidos por la longevidad de estos “carritos”, por las incontables referencias que las personas hacían de estos vehículos y de como siempre alguien en la carretera parecía recordar con buen agrado algo de su niñez en relación a ellos.

Llenos de fotografías de todos los sitios conocidos durante esta etapa, regreso a Bogotá complacido con mi fierro y colmado de ánimo para empezar un nuevo proyecto con mi “rubicon”. Es en ese momento cuando decido empezar una serie de cambios q buscaran probar lo infalible de su mecánica y llevarlo al límite de su condición como trochero.     Para tal fin recurro nuevamente a mi mecánico de confianza y busco ayuda en una serie de nuevos compañeros que me aconsejan en cómo y dónde dar rienda suelta a este proyecto.     Dando como resultado el gran sentido que me mueve hoy en día, y entendiendo por qué mi hija tan pronto como vio el carro por primera vez lo llamaría “el rubicon”.

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